Hablábamos
hace unos meses sobre cómo el cine había maltratado un tanto a los profesores
de lenguas clásicas y, no sé muy bien cómo, me olvidé entonces de aducir como
ejemplo a Andrew Crocker-Harris, que, encarnado por un siempre magnífico Albert
Finney, protagoniza la tan inglesa como interesante La versión Browning. En ella un Crocker-Harris no demasiado
empático -no en vano es apodado el Himmler del 5º curso- pugna por transmitir
el gusto por los clásicos a alumnos más interesados en el atractivo pragmático
de las Ciencias -nuestro drama, ya lo veis, viene de bien atrás-. El joven
Taplow, uno de sus estudiantes, le ofrece una última posibilidad de redención y
consuelo.
En
el clip que sigue a continuación, asistimos a una de las últimas clases -muy
inspirada, por cierto- de nuestro severo profesor, versada en el Agamenón de Esquilo. Vuestra tarea en
esta ocasión es tan sencilla como predecible, mis jóvenes amigos, pues no es
otra que averiguar quién fue Esquilo, cuáles son los hechos narrados en su obra
Agamenón, así como citar los títulos
de las obras que completan la trilogía de la que forma parte, la Orestía, un ejemplo perfecto de cómo el
regreso (νόστος) es, en ocasiones, más que difícil. ¡Ay!
Lenny
y Miranda son un matrimonio neoyorquino con problemas de fertilidad. Decididos
a ser padres, adoptan a un niño que, desde bien temprano, da evidentes muestras
de genialidad. Consumido por la curiosidad, Lenny decide investigar la
identidad de la madre biológica, que resulta ser una voluptuosa prostituta con
menos luces todavía que las que componen el alumbrado menés. Tal es el punto de
partida de la magnífica comedia que Woody Allen dirigió en 1995, Poderosa Afrodita, de la que ya se
ocuparon Mr. Lightfoot y nuestra impuntual dama -je, je, je- hace unos meses.
Su
singularidad radica, sin embargo, no en la trama, una comedia de enredo como
otra cualquiera, sino en el hecho de que su director la presenta como una
tragedia griega, aunque un tanto deformada, con su héroe excepcional abocado a la desgracia, su estructura de culpa / retribución y, sobre todo, un
coro que interpretaba las partes cantadas de la obra y representaba a un
personaje colectivo. Si bien en la comedia de Woody Allen el coro cumple una función
paródica y es un mero instrumento humorístico, en la tragedia clásica ateniense
-pues todos los grandes tragediógrafos
fueron de Atenas- era un elemento fundamental, aunque con el tiempo fue
perdiendo importancia y vinculación con la trama.
Aquí
os dejo un ejemplo de intervención coral extraído de Poderosa Afrodita, con la predecible tarea de que resumáis en no
más de 15 líneas la historia de Edipo, citéis en qué gran tragedia -y de qué
autor- se desarrolla y expliquéis qué profesión es esa a la que se hace
referencia.
Buscad,
buscad, muchachos, mas sed cautos, pues sucede en ocasiones que el conocimiento
engendra tan solo dolor.
Decía Indro Montanelli
en su entretenidísima Historia de Roma
que, desde el momento en que en el 509 a. C. fue expulsado el último de los
Tarquinios, “todo fue republicano en Roma”. Los romanos desarrollaron una
especie de acerada inquina hacia el régimen monárquico (μόνος “uno
solo”, ἀρχή “gobierno”) y
consideraron la República (res “cosa”,
publica) como el mejor de los
sistemas posibles. Fue, de hecho, su aversión hacia la monarquía y el miedo de
su retorno la que inspiró el asesinato de César, o así nos lo han querido hacer
ver los historiadores de la época. Incluso cuando en el 27 a. C. Octavio
Augusto se proclamó princeps y
aglutinó de facto todos los poderes, mantuvo las formas republicanas.
Lo cierto es, sin
embargo, que el principado de Augusto
trajo consigo el silencio del Foro y el fin de las libertades que habían
caracterizado a la República. Es más, Augusto fue el primero de una serie de
emperadores, los de la dinastía Julio-Claudia,
que, con la excepción, quizá, de Claudio, actuaron de manera despótica, caprichosa y cruel. Tenemos
noticia de buena parte de sus excentricidades gracias a Suetonio, el
historiador romano, que en sus Vidas de
los doce Césares, concede mucho espacio al cotilleo y la anécdota
escabrosa.
Nos habla, por ejemplo,
de las prácticas pederastas de Tiberio,
que se refería a los tiernos infantes de los que abusaba como “pececillos”.
De Calígula nos cuenta que alimentaba a los animales de los
espectáculos circenses con criminales y que nombró cónsul a su caballo
preferido, Incitatus.
Ni siquiera Claudio, emperador más prudente y
erudito, y responsable de sonados triunfos en Britania, se libró de su
maledicente pluma y aparece descrito como inválido, tartamudo, digno del
desprecio de su familia y extravagante. Por cierto que su muerte, resultado de
la ingesta de setas envenenadas en una maniobra orquestada por Agripina, es uno de los episodios más
célebres de la Historia de Roma.
Llegamos así a Nerón, último de la dinastía, tan
excéntrico como brutal, que el cine ha inmortalizado con la cara de Peter
Ustinov en la película Quo vadis?
Aquí os dejo un clip de la misma, en la que comparte plano con Petronio,
enigmático autor del Satiricón, sobre
el que os hablaré, quizá, en otra ocasión. Atended, por favor, a su identificación
-la de Nerón- con un dios olímpico y a su alusión a los rumores que lo
presentan como matricida y uxoricida. Con estos dos términos se
relaciona vuestra tarea de hoy, que no es otra que descubrir su significado, su
etimología -¡hablamos latín! ejem, ejem- y por qué fue acusado Nerón de tales
abominaciones. Buscad, buscad y temblad, mis jóvenes amigos.
No
deja de ser curioso, o mejor, paradójico,
que en estos tiempos en que tanto nos toca justificar la vigencia del mundo
clásico, no dejen de multiplicarse las referencias a este en los ámbitos más
variados. En este mismo lugar hemos dejado ya unos cuantos ejemplos
entresacados de series y películas más o menos conocidas y con fines de lo más
diverso.
Sí
es cierto, no obstante, que las más de las veces se acude al mundo grecolatino
en busca de materiales con los que inspirar y, palabra muy de moda por aquí y
por allí, motivar. Así, Pep Guardiola se hizo célebre en su etapa como
entrenador del Barça no solo por la calidad del juego y los triunfos de su
equipo, sino también porque, al parecer, poco antes de los partidos
importantes, hacía ver a sus jugadores un vídeo en el que combinaba imágenes
del Barça con otras de la película Gladiator
de Ridley Scott, el lema de cuyo protagonista no es otro que “fuerza y honor”.
Sin
embargo, cuando de arengar se trata,
se acude con mayor frecuencia a los célebres 300 espartanos inmortalizados en
el cómic de Frank Miller y, más aún, en la célebre película de Zack Snyder. De
hecho, el día que con ocasión de San Crispín os expliqué qué era una arenga y
os “regalé” el discurso de Enrique V
de Shakespeare, fue la frase del espartano Leónidas “esta noche cenaremos en el
infierno” la primera que se le ocurrió al bueno de Aitor como ejemplo.
300 acontece durante las Guerras Médicas y
desarrolla bastante libremente lo sucedido durante la célebre derrota griega de
las Termópilas, en la que una coalición de aliados griegos resistió durante
días, bajo la dirección de unos pocos espartanos -los trescientos del título-,
a un ejército persa infinitamente superior comandado por Jerjes. Según lo
relata Heródoto, uno de los más grandes historiadores griegos, tan solo
mediante la traición de un siniestro personaje consiguieron los persas derrotar
al ejército griego, que se había visto favorecido, hasta ese momento, por la orografía del lugar.
Vuestra
tarea en esta ocasión consiste en:
1. averiguar la identidad de tal traidor,
2. descubrir el significado del topónimo
Termópilas -pues es un nombre parlante- y
3. preparar un breve resumen de no más de
15 líneas en el que consten los datos fundamentales de la batalla: fecha,
localización, contexto histórico, partes enfrentadas, desarrollo de la misma.
Valor,
mis jóvenes amigos, o, que dirían los guerreros de Leónidas, ¡au, au, au!
No son pocos los
ejemplos célebres de profesores de una u otra materia que ha alumbrado el cine.
Estáis más que hartos, supongo, de ver películas ambientadas en las aulas de un
instituto más que conflictivo donde los alumnos pertenecen a bandas, llevan
navaja y solo ocupan sus pupitres para entretener el tiempo entre tiroteo y
tiroteo y hacer que el profesor de turno caiga en una depresión nerviosa.
Entonces, justo cuando nos disponemos a desahuciar definitivamente a tan
peligrosos energúmenos llega un profesor nuevo, generalmente joven, que, tras
unos comienzos dubitativos, consigue devolver a los angelitos al buen camino y
demuestra que lo único que necesitaban era a alguien que los escuchara. Ejem,
ejem... Pues bien, este profesor-mesías lo es siempre, o casi siempre, de
Literatura, raramente de Música, nunca jamás de Latín.
Al contrario, los
ejemplos de profesores de Latín que ha dado el cine, si se exceptúa, quizá, al
William Hundert (Kevin Kline) de El club
de los emperadores, aúnan en sí lo que un buen profesor no debería hacer en
clase. Para muestra, os traigo dos botones bien distintos. El primero,
entresacado de Tortura
(Sjöberg-Bergman), recibe el muy parlante apodo de Calígula (¡ay!) y se dedica
a satisfacer sus sádicos impulsos con uno de sus sufridos estudiantes.
El segundo, más
benévolo, imparte clase de Latín en la elitista academia de Welton (Nueva
Inglaterra) y sus clases, tan tradicionales como plomizas, sirven de contrapunto
a las tan audaces como inspiradoras del profesor Keating, protagonista de la
célebre El club de los poetas muertos
(Peter Weir). Pero por aburridas que sean, las clases de este anodino maestro
nos sirven para ilustrar ciertas características de la lengua latina.
Vuestra tarea de hoy vuelve
a ser triple, pues tres son las preguntas que debéis contestar:
1. ¿Por
qué el apodo de Calígula es tan apropiado para el sádico profesor de Tortura?
2.
¿Qué están haciendo en el vídeo el profesor de latín y sus estudiantes? ¿Qué
son los casos? ¿Y las declinaciones?
3.
¿Qué gran error cometen en la pronunciación de determinados casos?
Me despido ya, no sin
antes encomendaros una última tarea. Explicad, por favor, a vuestros compañeros
que mis clases de Latín, Griego y Cultura Clásica poco o nada tienen que ver
con la de los dos ejemplos vistos, pues ni son peligrosas ni aburridas... ¿no?